27 DE DICIEMBRE DE 2026

El viento de diciembre intentaba, sin éxito, apagar la llama de la San Silvestre Salmantina. Trinidad, abuela de manos arrugadas y espíritu joven, sostenía con entusiasmo el disfraz de reno que había cosido para su nieto, Sergio. Era su primera carrera juntos.
La multitud, un río multicolor de risas y disfraces, los arrastró animadamente hacia la línea de salida.Sergio, con sus ojos brillantes de ilusión y nerviosismo, agarró fuerte la mano de su abuela. No importaba el frío, ni el cansancio que pudiera sentir. Solo importaba ese momento mágico, esa tradición compartida, que después se convertiría en un recuerdo.
Cuando cruzaron la meta, sin aliento, pero felices, Trini supo que había creado un recuerdo imborrable para Sergio. La San Silvestre, más que una carrera, era una oportunidad, una promesa de esperanza para el año que comenzaba. Que va dejando un legado de amor y alegría transmitido de generación en generación.