Victor Manuel, sin dejar de impulsar las ruedas de su silla, a ratos secaba el sudor del rostro y las indiscretas lágrimas en sus mejillas. No aceptaba correr sin ella. Su mirada escudriñaba en la multitud. Recordaba cuando se conocieron en el Paseo de Canalejas en la primera carrera de San Silvestre Salmantina, eran niños. Desde entonces corrieron juntos cada diciembre. Necesitaban ser adultos para declarar su amor, cumpliendo patrones de religión.
Pensaba con tristeza si San Silvestre no escuchó sus oraciones, si el accidente los separó para siempre, sí la invalidez actual lo hacía desmerecer su amor.
De pronto un grito paralizo su cuerpo –Victor Manuel! – Te encontré!
Llovieron abrazos, risas, alegres lágrimas. Ella agarró su silla y corrió rápido hasta la meta. Los gritos de la multitud anunciaron el éxito. Un húmedo beso confirmó el reencuentro con su añorado amor. Brotaron las palabras… gracias San Silvestre.