Les mostraron el camino para correr por sus sueños. La pista era igual para todos. Pero a ella le dieron tacones. A él, unas zapatillas nuevas. Al de allá le vendaron los ojos. Otros iban descalzos, y a algunos, incluso, no les dejaron ni correr.
Durante la carrera, a pesar de sus esfuerzos, varios tropezaron, otros avanzaron con dificultad, y alguno que otro tuvo que abandonar.
Los aplausos del público estallaron cuando el primer corredor se aproximaba a la meta. De pronto, Silvestre se detuvo en seco y, mirando a sus compañeros, se preguntó: —¿Y si ha llegado el momento de cambiar las reglas del juego?
Le tendió la mano a uno de los corredores que se encontraba en el suelo y, juntos, caminaron hasta el final del recorrido.
Porque la igualdad no empieza en la línea de salida.
Comienza cuando entendemos que las reglas deben ser justas para todos.