Lo supe durante mi estancia en la clÃnica. Envolviste mis piernas inútiles en una manta y me anunciaste:
―Ahora eres una sirena.
SÃ. Ahora soy una sirena, un pez fuera del agua, boqueando en un mundo hostil en el que mi vida anterior ya no tiene sentido. ¿Dónde voy yo, infeliz reina de los siete mares, arrojada a una playa desconocida, entre los restos de mi naufragio: destartaladas ilusiones, sueños rotos, las zapatillas de running que calzaba aquel fatÃdico dÃa, cuando las ruedas de un coche despistado me convirtieron en sirena…?
Te niegas a dejarte atraer por mis lastimeros cantos; no, no te estrellarás contra los arrecifes de mi pesimismo. En lugar de eso, el treinta y uno de diciembre me sitúas en la lÃnea de salida, triste soberana en mi trono de ruedas:
―Aprende a respirar fuera de tu elemento ―ordenas―. Conquista nuevos océanos. Conquista una nueva meta…