Su manita, firmemente aferrada a la mía, transmite ilusión y una determinación que no me resulta desconocida. Con el corazón pugnando por escapárseme del pecho, intento sonreir cuando logra que le suelte para unirse a los demás, orgulloso de su dorsal, a esperar el pistoletazo.
Cierro los ojos para esquivar la visión de esa misma meta a la que tú no llegaste. Solo son novecientos metros, es un niño sano, voy a verle regresar….
Aún no te he perdonado que decidieras abandonarnos definitivamente en el puente viejo; el mismo lugar donde enlazamos nuestros destinos. Todos dijeron que te fuiste feliz, sonriendo, haciendo lo que deseabas; que eras un ejemplo de superación y constancia, de lucha por la vida. Pero aquel frío mediodía, mi vida se congeló cuando entregaste la tuya por esta carrera.
Sé que, desde ahí arriba, sonreirás al verle correr: es igual que tú, sin miedo a nada.