Me lo encontré en la última San Sivestre y la cara de pillo no le habÃa cambiado.
CorrÃan los años sesenta cuando coincidimos en el Milagro. Su cojera no era impedimento para jugar ni para dar bromas y hacer perrerÃas a sus compañeros. A él no le importaba que le llamaran Renco ya que decÃa, que le gustaba más que su horripilante nombre de pila.
Yo pensé ¿Dónde irá este hombre a correr con esa cojera?
Como siempre los primeros kilómetros los hice a tope, pero a mitad de carrera ya estaba reventado y en esos momentos alguien me adelantó y me saludó con un «Bye-Bye» y ¡era el Renco! que con su baile de carrera tan especial me habÃa dado una buena pasada. Quise seguirle todo rabioso sacando fuerzas de flaqueza, pero me fue imposible. El terminó más fresco que una lechuga según me dijo después en lÃnea de meta.