Sin espacio para más preocupaciones, obedecÃa a la rutina diaria, buscaba el momento perfecto que nunca llegarÃa. Las obligaciones tenÃan el control de su cuerpo, sin escuchar las alertas que recibÃa. Solo atendÃa a un saludo tajante y seco ¡Pararás hija, algún dÃa pararás! El saludo configurado del portero del edificio. Ese automatismo se paralizó el dÃa que tuvo que obedecerlo. Paró, paró la carrera que nunca supo que habÃa comenzado y menos, que con ella recibirÃa un premio, un nocivo regalo que lo acompañarÃa en sus venas durante un año. Lo asumo, dijo. Y…resiliente, se enfrentó a las adversidades, recuperó el control de su cuerpo, bloqueó lo material y configuró la fórmula para ser arquitecto de su destino. Comenzó a correr, sÃ, a su manera, libre, feliz, espontánea y celebrando el logro cada fin de año el dÃa de San Silvestre.