Respirar la llegada
Siempre digo que no sé correr, que voy “a mi ritmo”, como si eso fuera una excusa aceptable. Pero en cuanto suena la salida de la San Silvestre, algo en mí se enciende. No es épico ni heroico. Es más sencillo: una cuerda que tira desde dentro.
El frío corta un poco la piel, y la verdad es que me gusta. Me recuerda a mi padre, cuando salíamos a trotar al barrio casi de noche, y él me decía, medio riendo, que el secreto era no pensar demasiado. “Los pies saben”, aseguraba.
Y es que corro por él, aunque no lo diga. Por esos días que ahora parece que duelen más en los recuerdos que en las piernas.
A mi alrededor, desconocidos respiran como si fueran familia.
La meta aparece.
No levanto los brazos ni grito.
Solo llego.
Y ahí, de alguna manera, vuelvo.