27 DE DICIEMBRE DE 2026

No era el tiempo el que volaba, ni mis pies, ni el resto de corredores, ni las calles, las farolas o árboles: era la vida.
Me detuve a la altura de la Puerta los Milagros, golpeado por la idea, y observé el mundo desde la inercia: todo continuaba sin mí. Me deleité con la sensación.
Dejé de concentrarme en ganar, me liberé del estúpido estrés que me causaba competir.
En ese momento pasó a mi lado Pablo, arrastrando sus secuelas de la polio, y me sonrió. Adopté su ritmo y saboreamos juntos el resto del recorrido hasta la meta.
Aquel año aprendí a participar. Y a vivir.