Tirado sobre el sofá, con la bata puesta y perdida la cuenta de los botellines engullidos, veía, otra vez, el último videoclip de Rosalía. Su amor por la artista era sobrenatural. Analizaba cada imagen, cada palabra, cuando un alboroto en crecimiento lo perturbó, dificultando su escucha. Exasperado, decidió salir a protestar pero, al abrir la puerta, un río de gente lo arrastró calle abajo. Al principio, intentaba resistirse, pero pronto se vio sometido a la fuerza de aquella marea. Se despojó de la bata y, como Dios lo trajo al mundo, se dejó levitar sobre el asfalto. Rodeado de hombres y mujeres, de niños y ancianos, la energía colectiva era un bálsamo sanador. Nunca antes sintió semejante libertad.
La carrera finalizó en la plaza donde, ¡sorpresa!, Rosalía haría la entrega de premios. «Menos mal que no he ganado» -pensó ocultando sus vergüenzas. «En persona parece poquita cosa.»