Se anudó las coloridas zapatillas. Estiró las piernas. Ajustó el reloj y comenzó a correr. Cruzó las calles de Salamanca con amplias zancadas, a su mejor ritmo, entre los relámpagos de un cielo plomizo. Completó el recorrido y detuvo el cronómetro. Su mejor tiempo; habÃa batido la marca femenina de la San Silvestre. Saltó emocionada mientras la lluvia comenzaba a caer. Pero allà no habÃa más corredores, ni una lÃnea de meta, ni cinta que romper con su pecho, ni jueces para ratificar su victoria. Lo celebraba efusivamente sobre los charcos, con la coleta empapada bajo el tambor de la tormenta que ya descargaba con furia. Era 10 de noviembre. Los transeúntes la miraban, confusos, bajo el refugio de sus paraguas. Ellos no podÃan entender que dentro de una semana estarÃa volando rumbo a Londres, para buscarse la vida como tantos otros, sin saber cuándo regresarÃa…