En la modalidad anfibia de la San Silvestre Salmantina, si el principio de ArquÃmedes se neutraliza con el lastre reglamentario y las botellas de aire comprimido, créanme, mil quinientos metros pueden hacerse eternos. La única ventaja de la desaparición de los polos, que el nivel del mar nos haya alcanzado, es que ahora los buzos somos los únicos en participar. Y este año, por fin, estoy rozando la victoria con las yemas de los dedos. Camino a grandes zancadas en segunda posición, persigo la silueta que me precede por lo que un dÃa fue la plaza de San Antonio y encaro la recta a meta mientras hago oÃdos sordos a los cantos de sirena. Estoy ya en la reserva, en breve tendré que empezar a esprintar a pulmón. Y lo haré, igual que él, con la motivación espumada, como si alguien en la superficie nos estuviese jaleando.