La guerra acabó, pero su sombra aún gravitaba en las calles y edificios, envueltos en el gris de la desolación. La huella del miedo quedó grabada en el alma de los supervivientes. El desánimo que atenazaba su espíritu se había adueñado de la ciudad.
Martina disfrutaba corriendo, ella y sus pensamientos en un tándem de esfuerzo. Había oído que antaño la gente se reunía para correr en una amalgama de camaradería y libertad. El frío diciembre asomaba. Escribió unos rudimentarios panfletos donde pedía la participación en una carrera. El eslogan rezaba: “Acelera tu corazón, vive”.
Ante su sorpresa acudió un gran número de personas, un impulso les empujaba a romper sus recelos. Temerosos al principio, empezaron a correr. A cada metro sus ojos se fueron llenando del orgullo perdido, no importaba las marcas ni la meta, todos se dieron cuenta de que era el principio; el despertar de una ciudad.