27 DE DICIEMBRE DE 2026

Salamanca amanece entre la niebla de diciembre dándome los buenos días. Tengo ese gusanillo en el estómago, que como cada año, no se me pasará hasta que cruce la línea de meta. ¡La San Silvestre me espera! Es mi tercer año, y tan sólo es el principio de una tradición que seguirá ahí con el tiempo. Todo empezó con un “¿A que no os atrevéis?” y terminó siendo una de las mejores sensaciones de mi vida: La línea de salida, ese momento en el que sólo uno sabe cómo ha llegado hasta ahí. Sentir Salamanca bajo tus pies y su resplandor dorado que parece que te anima a luchar por cada kilómetro. El apoyo de la gente a tu paso y tener la certeza de que si llegas a la línea de meta todo será un poquito mejor… La San Silvestre no se puede contar, la San Silvestre se vive.