No era una mañana calurosa, pero pocas veces las mañanas caldean a finales de diciembre así que, abrigado con una pelliza, me dispuse a dar buena cuenta del poco queso que aún me restaba. Una conocida voz tras de mí interrumpió el sabroso quehacer en que me hallaba y me hizo que correr como alma que llevara el diablo.
El temor hizo que alargara mis zancadas sobre la empedrada calle Zamora y su hermosa iglesia de San Marcos hasta la plaza medieval, la llamada de San Martín, y más allá del puente romano y su toro, de doloroso recuerdo.
En mi frenética carrera creí ver al clérigo de Maqueda, y al hidalgo y al fraile mercedario, pero seguí corriendo durante diez kilómetros, ¡que bien pareciéronme cien!, a fin de no ver al ciego huraño.
San Silvestre comenzaron a llamar a mi huida desde aquel lejano mil quinientos treintaitantos…