Sucedió en Salamanca, el último día de 2014. El aire olía a frío y mandarinas, las calles hervían de disfraces y sudor. En mitad de la carrera, un hombre de 76 años, al que todos apodaban el abuelo del dorsal 243, se desplomó como una piedra, sin que nadie se percatara. Hasta que un corredor, delgado con mirada serena y manos de cardiólogo se inclinó sobre él.
Lo que pasó después sólo pudo ocurrir en la Salamantina. El médico, mitad atleta, mitad papa Silvestre, le devolvió el ritmo al corazón, como la milagrosa cura de la lepra de Constantito. El viejo abrió los ojos, vio la luz de la Catedral, y dijo algo sobre sentirse como nuevo. Luego ambos terminaron la carrera, dentro de una ambulancia, riendo entre sirenas. Algunos juraron que, al pasar, se veía una estela de corredores que los seguían.