Los dorsales hacÃan de las calles una larga lombriz multicolor. En las papeleras se amontonan las mondas de plátanos. Los ojos fijos de los espectadores en los balcones vigilaban que la lombriz siguiera su lánguido y viscoso recorrido. El largo y ronco zumbido de un helicóptero se paseaba por los aires, rompiendo las nubes en pompas de gas.
Los estrambóticos alaridos de un grupo de corredores deshicieron al escurridizo animal, deteniendo al mismo tiempo la atlética procesión. El dorsal “583†estaba boca abajo en el suelo, bajo un charco de gomosa sangre. Las piernas y espalda de aquel atleta presentaban una forma envidiable. Un joven atleta rubio se acercó al cuerpo y lo volteó. Se llevó las manos a la boca para ahogar una larga náusea.
El rostro deformado de aquel anciano de setenta y seis años con algunos cabellos aún rubios, lucÃa una bonita sonrisa de paz nostálgica.