27 DE DICIEMBRE DE 2026

Las gotas saladas que habían nacido en mi frente, dormían esparcidas sobre el asfalto. Mi corazón, como un caballo desbocado, bombeaba sangre a mis rodillas magulladas. En lo alto, la Cruz de San Ignacio, parece apiadarse de mí. Literalmente, crucé la meta volando para caer unos metros más adelante sobre el alquitrán del Paseo de San Antonio. La voz de mi infancia resuena en mi cabeza. Aquella que me decía, cuando me enseñaron a atarme las zapatillas, “y el conejo, después de dar una vuelta al árbol, se mete en la madriguera”. En mi pie, un cordón desatado, culpable de mi tropiezo, se ríe burlón.