Las gotas saladas que habÃan nacido en mi frente, dormÃan esparcidas sobre el asfalto. Mi corazón, como un caballo desbocado, bombeaba sangre a mis rodillas magulladas. En lo alto, la Cruz de San Ignacio, parece apiadarse de mÃ. Literalmente, crucé la meta volando para caer unos metros más adelante sobre el alquitrán del Paseo de San Antonio. La voz de mi infancia resuena en mi cabeza. Aquella que me decÃa, cuando me enseñaron a atarme las zapatillas, “y el conejo, después de dar una vuelta al árbol, se mete en la madrigueraâ€. En mi pie, un cordón desatado, culpable de mi tropiezo, se rÃe burlón.