Nos hemos detenido al salir de Béjar justo en la bifurcación antes de cruzar el puente sobre el río Cuerpo de Hombre. A la izquierda el camino hacia la medieval Ciudad Rodrigo y a la derecha la subida a Candelario.
Han pasado sesenta años desde mi último verano en Salamanca, ciudad a la que vuelvo ahora acompañado de mi hijo el mayor y su primogénito, el mayor de mis nietos, para participar en su popular San Silvestre.
Recuerdo cómo me sorprendía en su Plaza Mayor, que me parecía la mayor del mundo, me ensimismaba tratando descubrir la rana en la Universidad o cómo buscaba a Calixto y Melibea en su jardín.
Tantas y tantas vivencias que quedaron grabadas en la memoria de aquel niño que era, ávido de sensaciones, y que ahora de pronto se agolpan en mi cabeza son el mejor de los premios.