“Es graveâ€, contestó al fin. “¿Cuánto?â€. “Quizá demasiadoâ€. Un ajetreo de latidos descoordinados anunciaba que no le quedaban más de cuatro quilómetros. “Los chavales no se lo merecenâ€. “No te olvides de nosotrosâ€. Cerró los ojos para descansar la vista; sentÃa que el frÃo le estaba congelando las retinas. Al abrirlos, observó que otro más abandonaba. Por sus gestos, intuyó que ni siquiera intentarÃa llegar a pie. “Dichoso fútbol. Parece que no exista otro deporte en este paÃsâ€. Le costó percibir el desagradable sabor a quÃmico en el último gel que le quedaba. “Pues sÃ, deberÃa de dar más dineroâ€. VeÃa con claridad la lÃnea de meta; buena señal, padecÃa una acusada miopÃa y detestaba correr con gafas. Se santiguó al sobrepasarla. Levantó la cabeza y miró hacia adelante. El humo de los billetes se alzaba, tenebroso, hacia la estratosfera. Aleluya.