Me quedo mirando la pared en la esquina del salón, y entonces, me vuelven sensaciones: el aire helado del Paseo de San Antonio, el bullicio de los que ajustan el dorsal con los dedos entumecidos y ese olor a mezcla de linimento, nervios y churros. Escucho, como siempre, a alguien que dice que hoy sí, que este año va a batir su marca, y otro le responde que lo importante es llegar… y encontrar sitio en el bar después.
Subo la Avenida de Mirat entre bufandas que aplauden, atravieso la Plaza Mayor como quien cruza un sueño en navidad, y al llegar al Puente Romano el viento del Tormes parece empujarme la espalda. La ciudad entera corre, ríe, se calienta el alma.
En un marco cuelga mi dorsal de 1984, papel blanco, número negro, el sello del colegio San Estanislao. Me sonríe. Ya no corro… pero sigo llegando.