Entra al corral de salida. Una bruma de nervios, miradas cómplices y ese fuerte olor a menta sobre los músculos sobrevuela el ambiente. Alinea el reloj con el satélite como si se tratara de una guía entre la maraña de piernas y emociones encontradas. Allá donde mira, una foto de última hora, un beso a través de la valla. Alguien pone en marcha la lista de reproducción, preparada para levantar el ánimo en los últimos giros. Todo restalla. Acelera. Los más jóvenes se lanzan con la excitación propia de la edad. Unos cuantos se verán sobrepasados por ese veterano que miraba al suelo hasta segundos antes de arrancar en una Salamanca que arde en vísperas de la última noche del año. Pequeñas victorias, una entre miles.