Soy corredor asiduo y ya me conozco a casi todos los participantes en esta clase de eventos. Pero hoy compite alguien nuevo en la San Silvestre salmantina.
Su equipación no se caracteriza por ser el último grito en tecnología y aerodinámica; más bien, parece habérsela agenciado en un chino.
Además, se le ve un poco fuera de lugar. Me acercaré a saludarle.
—Hola —le tiendo la mano—, me llamo Joaquín.
—Yo, Filípides.
—Encantado.
—¿Todos vosotros también sois mensajeros? —me pregunta.
—Si te digo la verdad, yo soy surfista… ¿Es tu primera participación en esta carrera?
—¿Carrera? —se extraña.
No deja de moverse, intranquilo.
—¿Cuándo echamos a correr? —resopla.
—¿Tienes prisa por ganar? —bromeo.
Me mira ceñudo y responde:
—Lo que yo quiero es llegar urgentemente a Atenas, antes de que quemen la ciudad, para anunciarles que hemos vencido a los persas en las batalla de Maratón.