Participé en la San Silvestre Salmantina durante años. Nunca gané, pero siempre crucé la meta con una sonrisa. Luego llegó la oscuridad: una depresión que me dejó sin fuerzas, sin pasos… y al final, sin piernas que me llevaran más allá de esta silla.
Hoy no corro, pero sigo participando. Cada diciembre, cierro los ojos y oigo el murmullo de las zapatillas rozando el asfalto, los ánimos del público, la respiración compartida de miles de corazones.
Yo también estoy allí, recorriendo cada calle con ellos.
Los siento a través de mi sudor imaginado, los acompaño en cada emoción.
Para mí, la San Silvestre está ganada desde hace tiempo.
Porque no hay victoria mayor que seguir estando en la carrera.