Ya me había puesto el dorsal. No debería participar. Como en el resto de facetas de mi vida, no me veía capacitado.
Mis pies pronto siguieron el ritmo, sin darme cuenta comencé a disfrutar. A nuestro paso, la gente desde los balcones nos animaba. Testigo de nuestra hazaña, la fachada de la Universidad, majestuosa e impasible. Y los Reyes Católicos en su medallón central, parecían sonreír orgullosos a mi paso.
Me sentí importante.
Solamente hay que imitar al de adelante y ser ejemplo para los que vienen detrás, con paso seguro y decidido, creyendo como nadie en uno mismo.
El puente romano nos esperaba. Pude ver en él a Lazarillo robando uvas a su amo ciego para poder sobrevivir, bajo el frío invierno castellano. Esta visión me alentó a aumentar el ritmo, sacar fuerzas y llegar a la meta siendo uno más, ni vencedor ni vencido, pero dichosamente vivo.