Entre el bullicio y los disfraces, él corre solo. Las luces de Salamanca tiemblan en el frío de diciembre, y cada zancada suena como un diálogo entre su cuerpo y el empedrado antiguo. Detrás, el eco de los aplausos; delante, la cuesta que muerde las piernas y la noche que parece escucharlo. No compite contra nadie, solo mide la distancia entre lo que fue y lo que aún puede ser. En cada esquina, un rostro que anima, una voz que lo nombra, pero adentro hay silencio. Al cruzar la meta, no levanta los brazos: sonríe apenas. Ha llegado. Y en esa llegada entiende que la soledad del corredor no es ausencia, sino compañía: la de uno mismo, reconciliado con su paso.