Abrió los ojos con la esperanza de que la fiebre hubiese bajado pero el vértigo le confirmó que aún era alta. Apretó los dientes y se incorporó. No podÃa perderse la carrera; siempre habÃa sido fiel a la cita. Le reconfortaba sentir el frÃo en las piernas desnudas y aquel sol de diciembre calentando su cara. Se hacÃa raro correr y mantener las distancias. En el puesto de avituallamiento habÃa dispensadores de gel y alguien le extendió una mascarilla seca de recambio. Al entrar en el Puente Romano se tomó las pulsaciones, una manÃa personal. Demasiado altas, pensó. Le costaba recuperar el aliento. Observó cómo la gente iba alejándose y dejaba de aplaudir. El recorrido se vació de corredores. Fue bajando el ritmo hasta que se detuvo. Solo oÃa su respiración, fatigada. Deslumbrado, miró por última vez a través de la ventana del hospital.