Mi padre, según una tradición muy arraigada en el mundo rural, me puso el mismo nombre que a mi abuelo y a mi bisabuelo: Silvestre. Ya se pueden imaginar que el nombrecito me ha perseguido toda la vida. Decir que el nombre me ha marcado serÃa excesivo, pero es que Silvestre tiene muy mala abreviatura en español, ni Silves ni Vestre funcionan.
Cuando gané mi primera san Silvestre, ya en la categorÃa de veteranos, el comentario inevitable al entregarme el trofeo era «¡con ese nombre estaba claro que tenÃa que ganar!».
En cada san Silvestre que he ganado desde entonces el comentario se repite. Se repite tan inevitablemente que ya tengo preparada una respuesta para la ocasión: «¡Lástima no haber nacido mujer y que me hubieran puesto de nombre Olimpia!».