Recuerdo el deseo de que mis piernas fueran alas para alcanzar a mi hermano. Corre peque corre, me gritaba, mientras nos perseguÃan los gritos del dueño del colmado; cuando este era un punto difuso bajábamos el ritmo para tomar aliento. Ya en casa, le entregábamos a mamá las latas de sardinas, la barra de pan y con suerte una longaniza. Ella no hacÃa preguntas, feliz de tener cena. Corrà también para llegar al colegio después de haber acarreado el agua desde la plaza, y lo seguà haciendo años más tarde para llegar puntual al instituto desde el mercado en el que ayudaba a descargar camiones. Hoy, esperando el pistoletazo de salida en la San Silvestre salmantina me siento extraño… es la primera vez que corro por el placer de hacerlo y siento en el estómago una sensación que nada tiene que ver con aquella que lo convertÃa en un nudo.