SeguÃa corriendo. Era lo único que podÃa hacer. Primero fue el calor intenso que secó rÃos y fuentes. Luego, la lluvia persistente que trajo tormentas y huracanes. Al poco, la tierra se heló bajo mis pies. Todo quedó destruido, naturaleza, pueblos, ciudades y gentes. Los supervivientes huÃamos en busca de cualquier refugio inexistente.
SabÃa que aquello era el final, debÃa encontrar la salida y sentÃa que aún me quedaban fuerzas para alcanzar el destino deseado.
Una luz tenue me llegó e intuà que debÃa aprovechar ese resquicio de vida. Mi cuerpo rasgó la pantalla y, sin dejar de correr, atravesé el patio de butacas entre murmullos y miradas atónitas. Alcancé la calle y me incorporé a la San Silvestre salmantina.