Salió de casa muerto de terror. Se miró en el espejo y se sintió ridÃculo con la colorida ropa que le habÃan regalado por Navidad su mujer y sus hijos. «¡Mira que obligarme a ir a correr la San Silvestre, con el frÃo que hace!», se quejaba sin mucha convicción.
Antes de salir a la calle hizo ademán de palpar un bolsillo inexistente; durante un instante quiso subir a casa, pero el recuerdo de su padre se lo impidió.
Lo mejor del ser humano es su pertinaz capacidad para repetir los mismos errores. HacÃa pocos dÃas habÃan enterrado a su padre. Un cáncer de pulmón se lo habÃa llevado en menos de un mes.
El dÃa de la San Silvestre, su hijo salÃa a participar en una carrera. Era la primera vez en años que no llevaba un paquete de tabaco encima. TenÃa miedo, el miedo de la felicidad.