Costó convencerlos. Una tradición no podía cambiarse así como así. Él insistió. La previsión meteorológica para el treinta y uno de octubre no era buena y las agendas de las autoridades estaban saturadas. Al final accedieron: la ascensión a la Catedral Nueva sería el último domingo de diciembre.
Llegó el día. Alcanzó la campana María de la O tan emocionado como antaño cuando subía hasta la bola de la veleta. Desde las alturas esperaba contemplar una marea multicolor. Escuchaba el rumor de los gritos de ánimo, pero los tejados y la piedra de Villamayor ocultaban a los corredores. «Si la Rúa Mayor fuera parte del recorrido de la San Silvestre…», pensó, y siguió oteando en dirección al diminuto Puente Romano. Allí estaban, como un ejército de coloridas hormigas. Ahora sí. El Mariquelo tocó la gaita y el tamboril y cantó la charrada. Acción de gracias por la vida.