Cientos de zapatillas rozan el asfalto, crean un sonido metálico, que junto con las acompasadas inspiraciones y expiraciones, conforman una melodía por las calles salmantinas, de la que es difícil escapar. La velocidad de tantos cuerpos en movimiento, me envuelve y me empuja a forjar el recorrido, las piedras pulidas de su casco histórico, hablan de generaciones de artistas e intelectuales. Percibo belleza y esfuerzo en cada kilómetro, queda poco para la meta, deseo dilatar la llegada, su fin de nuevo me devolverá con mi ciego compañero al puente romano, que fielmente aguarda a su lazarillo, lástima él no pueda acompañarme; allí esperaré un año más la fuerza de otra carrera que me permita recrearme en nuevas aventuras por esta ciudad, cuyo río me dio su nombre.