Rosendo apretó la marcha. VenÃa bastante bien. A ambos lados los corredores del pelotón de avanzada se mantenÃan firmes. No conseguÃa dejarlos atrás. A pesar del frÃo un hilo de sudor bajaba por su frente. El pectoral con el número 13 se balanceaba a cada paso.
Una tras otra desfilaban las calles con sus edificios, los árboles familiares, el cielo de Salamanca. El público alentaba siempre. Algunos le tendÃan la mano al pasar. Otros trataban de alcanzarle una botella de agua mineral que nunca conseguÃa asir.
Por fin, la recta final y la llegada en medio del jolgorio callejero. Rosendo se quitó el Visor de Realidad Virtual y la ciudad desapareció en las sombras como por arte de magia. Saltó de la cinta. El contador marcaba los inexorables diez kilómetros. La aplicación, en el celular, le dio los tiempos.
Menos mal que no medÃa la soledad y los silencios.