María despierta después de trece días en coma. Junto a ella, su padre, que no se ha separado de su lado en ningún momento, sonríe, y con los ojos húmedos susurra: “gracias”. Sin embargo, su rostro se ensombrece de nuevo al oírla preguntar: ¿Quién es usted?
Pasan los días y María sigue llamándole Mariano. No recuerda nada; ni su nombre, ni el de su padre, ni el accidente, ni su afición por el atletismo. Nada.
Mariano decide llevársela a Salamanca, su ciudad natal, donde conserva la pequeña casita de sus padres. En una de sus salidas, yendo caminado juntos por el paseo de San Antonio, María se detiene y le pregunta: Papá, ¿qué día es hoy? ¿Ya nos hemos apuntado a la San Silvestre Salmantina? Y totalmente emocionados, corren a reservar un dorsal.