No, nunca más podrÃa volver a correr, le habÃan dicho. Ni saltar. Y no, tampoco servirÃan las sesiones de fisio. Ni tan siquiera los rezos y las estampitas de su abuela Encarni. Estaba claro: para él no habÃa posible solución. Por eso se habÃa apuntado a la San Silvestre salmantina: decÃan que una vez chillaba el pitido de salida, te convertÃas en alguien distinto. Él llevaba ya ¿cinco? ¿seis kilómetros? y la pierna de silicona, espuma y metales empezaba a pesarle, como en esas tardes en las que, después de reuniones, cafés requemados y más reuniones luchaba contra los diagnósticos médicos, el final del dÃa y contra esa vocecita que le taladraba más de lo que le gustarÃa. No puedes, le decÃa. Pero el paseo de San Antonio estaba cada vez más cerca. Solo un poco más. Las piernas se aligeraron. Solo un poco más. Empezó a volar. Aplausos. Palmadas.