27 DE DICIEMBRE DE 2026

No, nunca más podría volver a correr, le habían dicho. Ni saltar. Y no, tampoco servirían las sesiones de fisio. Ni tan siquiera los rezos y las estampitas de su abuela Encarni. Estaba claro: para él no había posible solución. Por eso se había apuntado a la San Silvestre salmantina: decían que una vez chillaba el pitido de salida, te convertías en alguien distinto. Él llevaba ya ¿cinco? ¿seis kilómetros? y la pierna de silicona, espuma y metales empezaba a pesarle, como en esas tardes en las que, después de reuniones, cafés requemados y más reuniones luchaba contra los diagnósticos médicos, el final del día y contra esa vocecita que le taladraba más de lo que le gustaría. No puedes, le decía. Pero el paseo de San Antonio estaba cada vez más cerca. Solo un poco más. Las piernas se aligeraron. Solo un poco más. Empezó a volar. Aplausos. Palmadas.