A la espera del pistoletazo me encuentro sumida en un huracán de emociones, la ansiedad me estorba en todo el cuerpo. Miro nuevamente el reloj aun faltan cinco minutos y sobran quinientos intentos. Al fin se escucha el clamor de un trueno dando permiso a la fila de jaguares para salir y brotamos en carrera como quien persigue a una presa; las subidas y bajadas de Salamanca asemejan paisajes en lienzos de acuarelas.
Por el rabillo del ojo observo a un compañero que me alcanza llegando a la meta, la respiración se agita y se vuelve más ruidosa mientras un calambre amenaza mi triunfo. Escucho los vítores y elevo los brazos al cielo y agradezco al público, la adrenalina motiva mis piernas acortando la distancia hacia la cinta de meta, puedo sentirla abrazando mi cintura y en ese momento, el grito del chofer me despierta. Hemos llegado a destino.