A los 75 años, llevaba corridas una decena de salmantinas seniors y no pensaba en abandonar la costumbre. Inclusive, había logrado un octavo puesto. De adolescente, la San Silvestre Vallecana le había despertado la curiosidad. A pesar de una amenazante artrosis, ya veterano, satisfacía su postergado anhelo con entusiasmo y ejemplar preparación. La clave era lograr un ritmo constante. De físico magro y fibroso, mantenía la velocidad, impertérrito ante las imprecaciones de los acelerados. Como braceaba asimétricamente para compensar la rodilla defectuosa, recibía maldiciones (“¡Rengo, córrete!”). En el kilómetro seis, lo esperaban con agua. Después, no levantaba la vista del piso hasta atravesar la cinta, donde lo aguardaban y aplaudían a rabiar su mujer, el nieto y un cofrade maldito, que, ante los amigos, imitaba, burlón, su tranco anómalo.