Mi séptima San Silvestre, pero saldrÃa desde el cajón cuatro… de nada valÃa haber quedado segundo el año anterior —pues pretendÃa correr disfrazado—. A pesar de ello soñaba con vencer. DisponÃa de diez kilómetros para arrebatar ese sueño a mis contrincantes.
Comencé a correr y adelanté al barco vikingo, al autobús y a los bomberos. Sobre el puente romano ya me codeaba con corredores vestidos de atleta. Seguà rebasando oponentes y al volver a pasar sobre el Tormes lo despedà con tristeza: No lo verÃa más.
No sentÃa cansancio, superaba competidores, desafiaba las leyes de la fÃsica con mi velocidad, ¡volaba!
A cien metros de la meta esprinté, adelanté al corredor que iba en cabeza y vencÃ.
Nunca habÃa ganado un participante disfrazado. Lástima que cuando me quité la sábana del disfraz de fantasma no salà en las fotos con los ganadores… Problemillas con mi nuevo cuerpo, supongo.