La anciana vistió deportiva para saldar aquella promesa: no morir sin correr la San Silvestre Salmantina.
Curvada en primera fila, apoyada en su bastón, avanzó al oÃr la señal, dejándola atrás la multitud y golpeándola el 13 sin intención, haciéndola tropezar. Vengativa, apuró el trote, sin quitar vista de aquel borroso corredor de número indescifrable para su miopÃa. Se agitó, oxigenó sus venas y sudó por primera vez en años. Sus varicosas piernas vigorizaron y su cadera enderezó chasqueando, lanzando un berrido y dentadura postiza, aliviando el nervio ciático. Quemaba calorÃas y sus riñones filtraban como refinerÃa, bajando el colesterol, subiendo la presión y apurándola su incontinencia.
Aceleró rejuvenecida, alcanzándolo a metros del final, para sorpresa del 13, decorando su rostro surcado una diabólica y desdentada sonrisa. Le atravesó el bastón “fortuitamenteâ€, tumbándolo, y cruzó la meta, obteniendo el primer puesto, salud abundante y una denuncia penal.