Desde el momento en que me até los cordones supe que aquellas zapatillas tenían vida propia. Al colocarme en la salida ya buscaban posicionarse entre los primeros y luego, cuando indicaron el inicio de la San Silvestre Salmantina, marcaron un ritmo que estaba fuera de mis posibilidades. Cuando me puse en cabeza pensé, como la mayoría de los corredores que me acompañaban, que me desinflaría en poco tiempo, pero aquel calzado estaba hambriento de épica y gloria y, lejos de aflojar, mantuvo aquel ritmo como si mi corazón fuera capaz de soportarlo. Al ver la línea de meta intuí lo que ocurriría. Luego, nada más atravesarla, me sobrevino el inevitable ataque cardíaco.
Mientras viajaba en la ambulancia maldije el día que pujé por las zapatillas de aquel legendario maratoniano y me juré que la próxima vez lo haría por un cuadro, como todo el mundo.