27 DE DICIEMBRE DE 2026

Se lo pidió a Papa Noel. ¡ Lo deseaba tanto!, ¡lo había soñado tanto! Quería correr. Era, por abreviar, su última voluntad. Pero Noel, agotado, exhausto, ya no escuchaba más. – Me hago viejo – se decía- tengo que parar-. En la plaza de los Milagros se sentó a descansar. Se quitó las botas mágicas. Se durmió en un plis-plas.
Logró escabullirse. La vigilancia no es tan severa en Navidad. Dejó atrás el recinto; bajó por San Vicente; entró en la plaza sin ninguna novedad. Ni un alma en las calles; sólo un hombre disfrazado, resacoso quizá, dormía descalzo junto a la estatua central. Se acercó; se probó sus botas: suaves, cálidas, veloces. Su oportunidad.
Cuando, aún en el pódium, los aplausos cesaron y la sirena de la ambulancia se hizo notar, vio subir despacito al hombre descalzo del disfraz. – Vámonos ya – le dijo – el cielo no puede esperar-.