Corrí por todas las veces que me lo impidieron. Por las veces que me ofrecieron ser libre solo como ellos querían que lo fuera.
Aquel día me había solapado el dorsal al pecho un rato antes de salir de casa, cuando normalmente lo hacía pocos metros antes de la salida. Sin ser consciente, ese día empecé a mirar más por la cantidad de veces que me había fallado a mí mismo que por las que había fallado a los demás.
Salamanca no fue más que un lugar, como podría haber sido cualquier otro, pero fue donde empecé a creer en mí mismo mientras mis suelas dejaban atrás lo que ellas querían, sin exigirme nada a cambio. No me retiré el dorsal al terminar, como solía hacer, sino al volver a casa, quizá prolongando la sensación de estar cada vez más cerca de recuperar mi vida.