El despertador no sonó. O quizá sí, pero él soñaba que corría ya. Salamanca aún dormía, pero la San Silvestre no espera a los atletas varados. Saltó de la cama con un brinco, como quien huye de la tristeza. Se vistió apresurado, el corazón en las medias de compresión. Bajó las escaleras trotando, cada peldaño, un muro. Corrió antes de correr. El frío le mordía los tobillos, pero él solo pensaba en su padre, en aquel atleta que corría sin piernas en sus recuerdos. Llegó tarde, pero llegó a tiempo. La salida era un río humano, y él se lanzó como quien se lanza a amar sin garantías, sin estirar siquiera. No ganó, ni lo pretendía. Corrió por todo lo que fue, por su padre muerto, por todo lo que llegaría. Y al cruzar la meta, supo que el verdadero triunfo era no haberse quedado durmiendo.