Las maratones de velocidad en las clases de educación fÃsica fueron siempre un suplicio. Las piernas no avanzaban a la misma velocidad que lo hacÃa mi cerebro, mi pecho salÃa hacia fuera en un intento fallido por llegar antes. Mis tetas bailaban al compás de cada zancada y podÃa oÃr las risas entre los varones que, sentados en los bancos, observaban mi nula capacidad para restar segundos al cronómetro.
He crecido con el trauma, que creÃa ya zanjado. Pero la vida se entesta en emerger las cacas a la superficie. Ahora todos mis amigos corren. Se desplazan los domingos para ir a maratones, coleccionan dorsales e incluso el chico que acabo de conocer me dijo ayer que viajarÃa a Salamanca para asistir a la cursa de San Silvestre Salmantina. Me preguntó si le acompañarÃa. Me asusté, lo miré y mi mente dibujó un sujetador maxi sujeción. Claro que sÃ.