Había perdido la cuenta de los minutos que llevaba corriendo, muchos tal vez pero no le importaba. Se sentía radiante y eufórico cada vez que levantaba la vista y vislumbraba la meta, el gentío y los aplausos de la multitud. Unos metros más y la meta sería suya. Nunca llegó. 9 meses después, desde la sala de recuperación del hospital su mente seguía ansiando el cruzar esa meta, rompiendo la delicada banda reservada al ganador.