Antes de dar la salida, levanto mi mano derecha sobre la atmósfera de fragmentos de conversación y saludo en la distancia a Pablo, no me reconoce, pero esboza un mohÃn asimétrico. Su padre le limpia las babas con un pañuelo de celulosa.
A los cien metros vamos corriendo a la par, habÃamos coincido el mes pasado en la maratón de New York. Pedro empuja con entusiasmo la liviana silla adaptada de aluminio de su hijo. Nos miramos a los ojos, no puedo evitar que las lágrimas afloren en mis pupilas, él, con el reverso del antebrazo enjuga las suyas. Recuerdo nuestra última conversación: “¡Corro porque sé que mi hijo es feliz!â€. Miro a Pablo, que sonrÃe al mismo tiempo que levanta su brazo izquierdo y roza con la yema de sus dedos las de los espectadores, recibiendo un entusiasta saludo de ánimo.