Sé que no me ha visto, por eso me permito el lujo de pegarme a ella hasta conseguir que las punteras de mis zapatillas laman casi los talones de las suyas. Todo esto es muy raro. SÃ, correr una San Silvestre detrás de la mujer que te acaba de abandonar, —pero de la que sigues enamorado—, asÃ, de incógnito, sin que ella no pueda ni siquiera imaginárselo, es realmente muy extraño, pero también es verdad que, si el amor mueve montañas, cómo no va a mover a un sedentario irredento como yo…
Pasado mi arreón inicial, me deja atrás con facilidad. La veo alejarse, al igual que lo ha hecho en mi vida.
No puedo más, no terminaré la carrera. Da igual, ésta nunca podrÃa ganarla.