Te persigo. Si mis sentidos contaran esta historia no sabría por cual comenzar. Sé que todos ellos han pasado a ser subsidiarios del tacto, que se agarra a través de las plantas de los pies al asfalto de Canalejas y que tras una espiral de estampas que avanzan y retroceden en el tiempo, que cruzan y descruzan el Tormes por glorietas, paseos y plazas, termina por volver al punto de partida en que aún no consigo verte. He dejado atrás gritos de ánimo en San Antonio, las ganas de Vicente, canticos y jadeos de Puerta Milagros, la mezcla de tos convaleciente y lapo nicotinado en la Cuesta de Oviedo, el sabor de una saliva ácida haciendo vaivén sobre la lengua que antoja un sorbo Gatorade en Comuneros, y hombros que rozan a otros hombros que también persiguen y huyen por Cuatro Caminos. Acabando de llegar, aún no te alcanzo.