Cada 31 de diciembre, Javier se calzaba las zapatillas con el mismo ritual: silencio, respiración profunda y una mirada al cielo. No corría por marcas, ni por medallas. Corría por memoria.
La San Silvestre Salmantina era más que una carrera. Era el cierre de un ciclo, el homenaje a su padre, que le enseñó que correr no era escapar, sino avanzar.
Las calles de Salamanca se llenaban de risas, disfraces y esfuerzo compartido. En cada curva, Javier sentía el aliento de cientos de historias. Personas que corrían por salud, por amistad, por superación.
Al llegar a la última recta, el frío desaparecía. Solo quedaba el calor de la meta, el abrazo de los que esperan, el orgullo de haberlo hecho un año más.
Porque en esta carrera, no gana quien llega primero, sino quien corre con el corazón.